18-09-2007
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No se sabe exactamente cuando apareció, pero fue hace mas de 2.000 años; tampoco se sabe donde, aunque es probable que haya sido en la carpa de algún nómada mongol. Sin embargo, es posible suponer que alguno de los moradores de esa carpa haya olvidado en algún rincón, un recipiente abierto con restos de té endulzado. Cuando días después lo encontró, notó que su olor había cambiado y en la superficie del líquido había aparecido una fina película gelatinosa y translúcida. Aun así se atrevió a probarlo, y su gusto ácido le resultó agradable. Había descubierto el kombucha.
También podemos suponer que, una vez difundido su uso, se le descubrieron poco a poco las propiedades que actualmente se le asignan.
Kombucha es un término compuesto por dos palabras del idioma japonés: Kombu = hongo y Cha = té. Es decir, hongo del té o, según como se lo interprete, té de hongo.
Sin embargo, en el Kombucha no es posible encontrar algo que merezca clasificarse como hongo. Lo que se encuentra es una mezcla de líquenes, fermentos, bacterias y enzimas, unidas para formar una estructura homogénea que sobrenada la superficie del té endulzado del que obtiene su alimento. Su consistencia es similar al de una gelatina y su forma, achatada, dibuja la forma del recipiente que lo contiene.
El Kombu, al alimentarse y reproducirse en el té, transforma el azúcar que este contiene en otros productos químicos entre los que encontramos: ácido glucónico, ácido glucurónico, ácido hialurónico, ácido glutámico, ácido úsnico, ácido acético, ácido bútrico, ácido cítrico, ácido málico, ácido tartárico, numerosos aminoácidos, entre ellos, varios de los esenciales, enzimas y vitaminas, en especial las del grupo B.
Los productos químicos citados le confieren las propiedades terapéuticas y/o preventivas que se le asignan, a saber:
1) Acción desintoxicante;
2) Acción bactericida;
3) Fortalecimiento del sistema inmunológico;
4) Mejora la función intestinal y renal.
Esas acciones, combinadas, serían el origen de los beneficios terapéuticos que produce, según sostienen sus agradecidos usuarios, en la salud de quienes lo consumen. Solo citaré algunas de las enfermedades más importantes contra las que el Kombucha actuaría de manera efectiva: Diabetes, hemorroides, cáncer, enfermedades reumáticas en general (artrosis, artritis, reumatismo), SIDA, constipación crónica, jaqueca, insomnio, enfermedades de la piel (psoriasis, cáncer, hongos, acné, verrugas), enfermedades del aparato respiratorio (tuberculosis, asma, bronquitis), alergias, cálculos renales y de vesícula, esclerosis múltiple, tratamiento de las arrugas, seborrea, caspa, caída del cabello.
El Kombucha tiene uso interno y externo. Si bien en todos los casos se recomienda beber el té, en el tratamiento de las enfermedades de la piel o del cabello ayuda el uso externo de compresas hechas con el líquido, o inclusive una porción del hongo sujeta con una venda sobre la zona afectada. Este último método ha sido utilizado con éxito en el tratamiento de la artrosis, y los deportistas australianos también han logrado excelentes resultados en los casos de esguinces, hematomas, desgarros y luxaciones.
Es necesario conseguir una “cría” sana de Kombu. Como se reproduce rápidamente, los que ya lo tenemos siempre estamos dispuestos a regalar algún “hijo”.
En una cacerola de acero inoxidable, se hierven tres litros de agua (sin cloro), y cuando levanta el hervor, se le agrega una taza repleta de azúcar común (no es necesario utilizar azúcar negra, ya que el kombu no notará la diferencia) y se continúa el hervor durante diez minutos, hasta lograr almíbar. Luego se apaga el fuego, y se le agrega cuatro saquitos, o una cucharada sopera colmada de té común (no es necesario utilizar té verde ni ningún otro “especial”) y, luego de diez minutos, se le quitan los saquitos o se lo cuela, y se lo deja enfriar. Si prefiere el té fuerte, puede proceder al revés, dejando enfriar primero y colando luego.
Ese té se vierte en un frasco de suficiente capacidad y boca ancha, de vidrio (prohibido cualquier otro material, pues el kombu se intoxica), se le hecha el “hongo” dentro, con un poco de té ya fermentado, se lo tapa con una servilleta limpia y se lo coloca en un lugar fresco, y preferentemente oscuro, lejos de la luz solar y de cualquier fuente de radiación (tubos fluorescentes, televisores, microondas, etc.). No poner en la heladera, ni en muebles cerrados.
Luego de siete a diez días, tendremos Kombucha y un Kombu hijo, el que se encontrará semiadherido al anterior como si fuese un panqueque sobre otro. El té se pasa a un segundo frasco para tomarlo y, en el primero, se realiza nuevamente el proceso.
El Kombu vive, por lo tanto necesita respirar y comer. Manténgalo tapado solo con un trapo limpio y “riéguelo” con té azucarado cada veinte días como máximo.
No requiere cuidados especiales, aun cuando algunas personas de la “new age” recomiendan hablarle o inclusive, cantarle.
Se aconseja tomar tres vasos chicos, o dos grandes por día. Si no se tolera el gusto, se lo puede mezclar con agua sólo lo que se beberá durante el día.
Los diabéticos deben tomar Kombucha de veinte días de fermentación como mínimo.
Cuanto más días fermenta, más ácido y potente se pone. Consíganlo, cultívenlo y,
¡SALUD!
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